¿Por qué no?
¡Córrase! La voz no era la del policía motorizado que minutos antes había hecho correr al taxista que no se había dado cuenta de la proximidad de la comitiva presidencial. La orden, en un tono mucho más cordial, provenía de la señora que le arreglaba el velo a la novia y, esta servidora, demorada porque el taxista no conocía la dirección de la iglesia -y parece que el Waze tampoco-, casi se lo pisa corriendo apurada para hallar un asiento antes de que tener que reconstruir la ceremonia cual periodista que llega tarde a la noticia. Parece mentira, pero cuánto enseña un “casorio”. Lástima que la gente se case poco últimamente. Ese tipo de encuentros es la vida misma. En una punta, los parientes más cercanos criticando a los del otro rincón y estos, amuchados, cotorreando sin piedad sobre aquellos hasta que inevitablemente se encuentran frente a la barra de…