A veces una taza de café trae de vuelta un recuerdo de esos que uno guarda en la memoria del corazón. Son cosas sencillas, pero cuando regresan nos llenan de gratitud por haberlas vivido y pueden alegrarnos el día. Esta mañana, el mío fue Snoopy. Mi fascinación por Peanuts era tal que, cuando tenía cinco años, le pedí a mi mamá que me disfrazara de Snoopy. En uno de sus viajes consiguió lo más parecido que encontró: un traje blanco y una careta de Snoopy, todo de plástico. El disfraz era un horno y yo estaba feliz: por un rato, era Snoopy. Me gustaban todos: Charlie Brown, con su inseguridad, el miedo al fracaso y las ganas de que algo, por fin, le saliera bien; Lucy, mandona y sabionda; Linus, siempre dispuesto a filosofar, aferrado a su manta; y Snoopy, el perro de Charlie Brown, que se escapaba de la…
El Heraldo · Colombiahace 45 minutos