La cumbia, un lenguaje sin fronteras
De niño aprendí una extraña regla musical: el rock se escuchaba con respeto; la cumbia, con los pies. Nadie la había escrito, pero funcionaba. Mientras yo soñaba con guitarras distorsionadas y discos extranjeros, a las tres de la mañana mis padres, tíos y familiares todavía bailaban en aquellas fiestas interminables. Yo, derrotado por el sueño, terminaba dormido sentado en una silla mientras alrededor seguían sonando cumbias, sanjuanitos, pasillos y conversaciones que parecían no tener hora de cierre. Durante años fui un rockero de hueso colorado. Y lo sigo siendo. Pero la cumbia estaba en los buses, los matrimonios, las fiestas de pueblo, las reuniones familiares. Hasta la bailé, con bastante más entusiasmo que técnica. El problema era otro: la disfrutaba sin concederle el mismo prestigio que a los discos de rock que atesoraba. A ciertas músicas les dábamos categoría de arte; a otras las dejábamos encargadas de poner ambiente. Un…