Vivimos en una época en la que todo pretende ser un juego. ¡Sí! La política se baila, la guerra se musicaliza, la tragedia se vuelve tendencia y hasta el amor necesita un buen montaje para conseguir que alguien se detenga a mirar. La vida cotidiana parece sometida a una ludificación permanente: deslizar, deslizar, reaccionar, jijiji, jojojo, compartir, poner un like, deslizar, continuar, y así, entre un índice inquieto y una carcajada o un pequeño sobresalto, la realidad se nos presenta en pequeñas dosis de entretenimiento. Antes, hace pocos años, en el mundo prepandémico podíamos elegir con cierta intención qué queríamos leer, mirar o escuchar. Hoy el algoritmo decide qué poner delante de nuestros ojos y una vez dentro de esa corriente, resulta casi imposible no tropezarse con contenidos que jamás habríamos buscado, claro, porque el dichoso conjunto de instrucciones y absorbentes pasos “lógicos” se atribuye la facultad corporativa de conocernos…
Semana · Colombiahace 49 minutos